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Otra Puerta Hacia la Muerte

Por José Domingo Lázaro
 

   “El destino hace sucumbira muchas especies: sólo unase pone en peligro a sí misma.” W. H. AUDEN               

Introducción

              Los seres humanos nos hemos caracterizado, históricamente, por nuestras ansias de sobrevivir: en la vida y después de la vida. Para Charles Darwin, en su obra “El origen de las especies”, la vida se manifiesta como una lucha constante por la existencia y la supervivencia. De ahí que podamos considerar que el deseo de vivir ha sido uno de los catalizadores de nuestra propia evolución. Durante generaciones, esta evasión de la muerte, ha sido comúnmente aceptada por las distintas comunidades sociales, siendo el origen del alma como concepto inmortal. El cine y la literatura se han encargado de extender este anhelo tan humano: existir y sobrevivir, a nuestras creaciones artificiales, tal es el caso del ordenador HAL 9000 que, en la novela y película 2001: Una odisea del espacio escrita por Arthur C. Clarke, se resiste a ser desconectado o, también en la película Blade Runner, basada en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick, en la cual, la angustia existencial de los replicantes, les incita al asesinato y al sacrificio con el único propósito de alargar el tiempo de vida que les ha sido impuesto.

            No obstante, en las últimas décadas, este afán por sobreponerse a cualquier circunstancia en pos de la propia vida, está siendo sustituido, progresivamente, por una teoría que defiende la muerte como un digno valuarte frente a determinadas enfermedades somáticas que obstaculizan el desarrollo de la misma. La convulsión mediática que provocan algunos casos como el de la estadounidense Terri Schiavo, el del italiano Piergiorgio Welby, o el de los españoles Ramón Sampedro e Inmaculada Echevarría, reabren con éxito innegable el prolífico debate en torno a la eutanasia. En este debate se oponen el escrupuloso respeto a la vida frente a la libre autodeterminación del sujeto; un binomio que parece, en la actualidad, difícil de reconciliar, pues está en muchas ocasiones influido por cuestiones ideológicas. Esta tensión, entre opuestos, tiende a alejar a los espectadores de los verdaderos dilemas que encierra el asunto, cubriendo el librepensamiento con un vasto rechazo que niega la existencia de determinadas situaciones complejas de juzgar; auténticas zonas grises que, a nuestro juicio, son imposibles de enfrentar desde un dogmatismo prefijado.

            En sentido propio, la eutanasia es «la causación de la muerte sin dolor a un enfermo incurable con el objeto de terminar con sus padecimientos[1]».

Según la doctrina mayoritaria pueden distinguirse dos clases de eutanasia: la activa, cuando se causa la muerte del enfermo mediante acciones, y la pasiva, que supone la omisión de actuaciones o tratamientos que resultan necesarios para mantener con vida al enfermo. A su vez, dentro de estas categorías nos encontramos con la eutanasia directa, cuando la conducta, además de aliviar o suprimir el dolor, produce la muerte del paciente, y la indirecta, cuando la medida dirigida a evitar el padecimiento produce un paulatino acortamiento de la vida. Consideración aparte recibe la distanasia, que supone la prolongación exagerada del proceso de muerte, utilizando tratamientos médicos desproporcionados, que pueden llegar en ocasiones al encarnizamiento terapéutico.

            Al hilo de lo anterior, nos parece imprescindible destacar que, la diferencia entre eutanasia y distanasia radica en que, ningún médico está obligado a utilizar medios desproporcionados con sus pacientes. Esta distinción es primordial porque coloquialmente se le atribuyen a la eutanasia significados que le son ajenos. Es importante destacar que el encarnizamiento terapéutico es contrario a la ética profesional y merece una reprobación severa. En la novela y película Johnny cogió su fusil, del norteamericano Dalton Trumbo, se puede apreciar un claro ejemplo de distanasia.

            En esta conferencia nuestro objetivo es aproximarnos a la eutanasia activa y pasiva desde una perspectiva revisionista y aséptica; prescindiendo de valoraciones morales o religiosas, tomando como referencia algunos estudios, entrevistas y ensayos, así como varios pasajes de la película Blade Runner, siendo conscientes, en todo momento, de que la realidad admite interpretaciones distintas por lo que no es nuestra intención repetir una consigna antedicha o ahondar en una conclusión sacralizada, sino regenerar parte de la controversia con una serie de ideas que nos acerquen a la magnitud de un problema que atenaza, a partes iguales, a nuestro sistema y a nuestra conciencia.

            En primer lugar, nos centraremos en el conflictivo binomio vida versus libertad, con el que pretendemos demostrar que, en las actuales circunstancias jurídico-políticas, la autonomía de la voluntad continúa sin concretarse como un argumento capaz de soslayar el deber de los Estados democráticos de garantizar el derecho a la vida de sus ciudadanos. En esta línea, iremos todavía más lejos proponiendo la inexistencia misma del binomio, al que consideramos una rémora doctrinal cada vez más carente de contenido y por ende más difícil de mantener. Posteriormente profundizaremos acerca de la posible compatibilidad del Estado del Bienestar con una eutanasia despenalizada: el que estimamos verdadero debate de fondo; en referencia a esta cuestión, tan política como crematística, señalaremos que hoy en día su viabilidad requeriría revertir la mentalidad social, reinventando el propio concepto de bienestar, evolucionando hacia unas democracias sociales que perderían su esencia original.

                         Sobre el binomio: vida versus libertad 

            Cuando nos acercamos a la eutanasia surge, prácticamente de inmediato, la polémica principal que enfrenta a sus defensores y a sus detractores: los primeros esgrimen el derecho a decidir del sujeto sobre su propia vida, valiéndose de la libertad como medio causal; los segundos postulan el derecho a la vida como presupuesto ontológico para la existencia de los demás derechos, defendiendo su carácter finalista y unívoco.

            La subjetividad de los argumentos desata un conflicto entre intereses jurídicos que permite a cada cual alinearse con la postura más próxima a su ideología; ésto es así porque ambos discursos carecen de una resolución aclaratoria, ya que las instancias judiciales evitan, con un profuso mimetismo, dar preeminencia a un derecho sobre otro, fomentando con su obstinada inhibición la resolución del dilema.

            Así las cosas, en los países donde la eutanasia no está despenalizada es extraordinariamente complicado encontrar jurisprudencia al respecto; parece que las connotaciones morales provocan la abstención de los jueces. Desde nuestro punto de vista el poder judicial traspasa su responsabilidad al poder legislativo y éste, a su vez, al poder ejecutivo. Se trata de un bucle artificial que deja al poder legislativo en el centro de la escena.

            Esta ausencia de jurisprudencia ha motivado que tuviera que ser el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo quien se pronunciara, en el año 2002, en el caso de Dianne Pretty contra el Reino Unido señalando, por unanimidad de sus siete magistrados, que «el derecho a la autonomía personal no es superior al deber de los Estados de amparar la vida de los individuos bajo su jurisdicción». Esta sentencia, a pesar de su evidente falta de nitidez, continúa siendo hoy el referente jurídico acerca de la materia. Según el Tribunal: la libertad no está por encima de la vida, aunque no concreta si está al mismo nivel o por debajo; por lo que este fallo, más que solucionar el problema lo que hace es enquistarlo, devolviendo el conflicto a los parlamentos de los Estados Comunitarios.

            Ante la abstención de los actores judiciales, nos vemos obligados a recurrir a una alternativa revisionista que intenta superar la opacidad de una dialéctica jurídica incapaz de aportar soluciones especificas; según la tesis que vamos a proponer, a la cual denominamos la “paradoja de la falsa libertad”, la petición de eutanasia no sería propiamente una declaración libre, es decir, que el dilema vida versus libertad no existiría.

            Creemos que esta teoría encuentra elementos de consistencia, no sólo en el mismo Derecho, sino en otras ciencias como la Psicología, Sociología, Bioética y Filosofía. En esta tesis: las incongruencias jurídicas, la tergiversación de los conceptos, la depresión, el entorno del paciente y la ausencia de igualdad concurrirían como desencadenantes de una condición anímica que, unida a la indiferencia y desinterés de la sociedad post-contemporánea, mermarían la consciencia del enfermo y de la sociedad en su conjunto.

            A raíz del fallecimiento de Inmaculada Echevarría, el escritor español Juan Manuel de Prada admitía[2] que «la autonomía personal del individuo no puede esgrimirse como fundamento de una renuncia a derechos fundamentales. Es regla general del Derecho que un principio jurídico no puede ejercerse para ser destruido o anulado (…) Nadie puede reclamar que le sea administrada la muerte, pues estaría utilizando su libertad para destruirla». En este extracto podemos visualizar la incoherencia jurídica que supondría reconocer la operatividad de la libertad para terminar con la propia libertad. Esta contradicción se plasmó en la relevante sentencia del Tribunal Constitucional Español 120/1990, sobre asistencia médica a reclusos en huelga de hambre, en la citada sentencia se refutó[3]

que el derecho a la vida integrara un supuesto derecho a dejar de vivir.
            Por otro lado, un estudio[4]

publicado en 1999 por Étienne Montero, profesor de la Facultad de Derecho de Namur (Bélgica), defiende que dar por sentado que pedir la eutanasia es la afirmación lúcida de una voluntad libre y autónoma, supone no comprender la situación de angustia y sufrimiento que a menudo afecta a los pacientes, ni la consiguiente ambivalencia de sus deseos.

            En Psicología hay un consenso mayoritario a la hora de vincular la eutanasia a los estados de ánimo; existen evidencias de que el 90 % de las personas que se suicidan tienen algún trastorno mental subyacente[5].

No en vano, a nivel mundial, cinco de las diez causas más importantes de discapacidad (depresión, esquizofrenia, trastorno bipolar, alcoholismo y trastornos obsesivos compulsivos) son enfermedades psicológicas[6].  

E
l célebre psiquiatra austriaco Viktor E. Frankl, fundador de la logoterapia, sostenía que en la vida existen circunstancias imposibles de remover, pero que, en cambio, la actitud con la que el ser humano las encara siempre puede alterarse. Este dictamen nos pone en antecedentes de la trascendencia del factor psicológico y su capacidad de perturbar la libre elección del ciudadano.

Siguiendo con la cuestión, en un reciente artículo[7],

la expresidenta de la Asociación Catalana de Estudios Bioéticos, Isabel Viladomiu Olivé, rechazaba tajantemente que pudiera mezclarse la Bioética en un supuesto derecho a decidir asociado a la eutanasia: «la Bioética no nació para legitimar la destrucción del hombre, sino para defenderlo». En este aspecto, sin embargo, hay cierta disensión ya que, en septiembre de 2006, el recién creado Comité Consultivo de Bioética de Cataluña dependiente del Gobierno regional, no descartaba la despenalización de la eutanasia para enfermos terminales que dejarán por escrito su voluntad.

            En el plano sociológico, hace unos años, el genetista Jean-François Mattéi, Ministro de Sanidad francés, miembro de la Academia Nacional de Medicina y ponente de las leyes bioéticas de 1994, respondía en una entrevista[8]

que
«es la insuficiencia de la atención actual lo que induce a la desesperanza y crea el caldo de cultivo de la eutanasia». Según se desprende de sus palabras la demanda de eutanasia procedería de una voluntad viciada, de entre otras razones, por el abandono social y despreocupación pública. Como muestra del mencionado abandono, en la película Blade Runner, la soledad e indiferencia que sufre el personaje de J.F. Sebastián le lleva a diseñar juguetes[9] con lo que intenta mitigar su aislamiento social. Con el propósito de revertir esta situación: propiciando una mejora considerable en la calidad de vida de los enfermos, el Gobierno francés aprobó en diciembre de 2004 una ley potenciadora de los cuidados paliativos.

            Finalmente, debemos tener presente que, desde su construcción doctrinal durante la Revolución Francesa, la libertad encuentra su fundamento en la igualdad. De ahí que la presencia o ausencia de igualdad nos sirva como un referente válido para analizar la formación o no de una voluntad libre. Jürgen Habermas pensador y filósofo alemán, distinguido en 2003 con el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, opina[10]

que «aspirando a un aumento de la autonomía del individuo, podemos minar la autocomprensión normativa de personas que deben respetarse en situación de igualdad. Situación de igualdad que no se da cuando alguien legalmente puede matar a otro: ahí no hay igualdad ninguna, jamás la habrá». Para este representante del pensamiento post-kantiano es evidente que, en la eutanasia, no habría una igualdad entre el solicitante y el practicante por lo que no podríamos fundamentar su ejercicio en una manifestación de la libertad individual. En relación a la expuesto, en la película Blade Runner encontramos una escena que nos induce a reflexionar: después de asesinar a León, Rachel está nerviosa y preocupada, Deckard intenta relajarla aduciendo que lo que ha ocurrido forma parte del trabajo; ella perfectamente consciente de que puede ser la próxima víctima, le puntualiza la situación en que se encuentra: «Yo no estoy en ese trabajo. Yo soy ese trabajo»[11].

            A colación, subrayamos que las grandes conquistas democráticas se han sustentado en la idea de que la dignidad de las personas no se fundamenta en ningún sufrimiento, condición social, ideología personal, raza o sexo, sino en el hecho esencial de pertenecer a la especie humana. Esta es la lógica matemática de la igualdad.

            Reconocemos que algunos de estos argumentos carecen, todavía, de una entidad científica óptima por lo que, naturalmente, pueden ser objeto de crítica; no obstante, a nuestro juicio, creemos que gozan de un interesante recorrido intelectual que en el futuro puede ser más que significativo.

Queremos destacar que profundizar en las posibilidades de esta paradoja no supone necesariamente renunciar a la despenalización de la eutanasia, sino aceptar que esta despenalización no puede fundamentarse, inequívocamente, sobre una libertad general de autodeterminación individual, sino en criterios de otra índole que abordaremos en el próximo apartado.

            Después de varias décadas dando vueltas sobre el mismo eje, nos parece atinado iniciar un camino que desmitifique el inmovilista binomio: vida versus libertad, abriéndonos a nuevos postulados científicos que amplíen el horizonte de nuestro lenguaje, permitiéndonos desterrar parte de la ambigüedad y hermetismo.

              ¿Hacia un nuevo Estado del Bienestar?

             El Estado del Bienestar es una invención europea cuya génesis institucional se remonta a finales del siglo XIX. En sentido laxo se trataría del conjunto de instituciones estatales proveedoras de políticas sociales dirigidas a la mejora de las condiciones de vida, facilitando la integración de clases y grupos sociales. El objeto de la ciudadanía social es garantizar una mayor igualdad de oportunidades vitales y una mejor redistribución de los recursos materiales[12].

Se trataría de un Estado ideal que aspira a promover el desenvolvimiento del sujeto en todas sus facetas.

            Hoy en día, a pesar de la inexistencia de un modelo universal de Estado del Bienestar, se sobreentiende que, con carácter general, su finalidad social abarca también el derecho a la sanidad. Es en este punto en el que, para algunos, la teoría y la práctica divergen de un modo insalvable, pues la legislación de los estados considerados como benefactores carece de un criterio unánime sobre la eutanasia.

            Actualmente, la eutanasia como tal está legalizada en Holanda y Bélgica; el suicidio médicamente asistido lo está en el estado norteamericano de Oregon; el suicidio sin motivaciones egoístas en Suiza, donde la Asociación Dignitas y Asociación Éxito colaboran en el proceso de muerte de sus miembros; en Colombia su Constitución recoge la posibilidad de la eutanasia como un derecho individual; en algunos territorios del norte de Australia también estuvo despenalizada durante un corto período de tiempo; y en determinadas regiones de España, como Cataluña o Andalucía, se ha aprobado recientemente[13]

el derecho a morir dignamente de sus ciudadanos que, en coherencia con la legislación estatal, sólo puede entenderse como la exclusión del encarnizamiento terapéutico. En todo caso, más allá de políticas jurídicas concisas, tenemos la percepción de que existe una corriente de opinión, cada vez más arraigada y extendida, decididamente favorable a la eutanasia; sólo en Iberoamérica, podemos citar sendas tramitaciones de proyectos de ley en Méjico[14] o Chile[15].

De hecho, en Holanda, primer país que la despenalizó, su práctica está socialmente admitida y además bien considerada; para Richard Miniter[16],

articulista de Wall Street Journal Europe:
«con el paso del tiempo, la eutanasia ha llegado a verse como algo normal (…) Toda barrera legal y profesional a la eutanasia ha sido demolida». En Bélgica, la ley de eutanasia se aprobó en 2002 contando, según los sondeos publicados[17],

con un respaldo mayoritario del 72 % de sus ciudadanos. Por su parte, en  Oregon, la eutanasia es sostenida por el Estado, quien suministra gratuitamente dosis letales a los enfermos, eximiendo de toda responsabilidad a los facultativos.

            Sin embargo, en Alemania (para muchos el prototipo del Estado del Bienestar con un gasto social elevado), no son tan condescendientes con la eutanasia. El socialdemócrata Johannes Rau, presidente de la República Federal alemana, en su notorio “Discurso de Berlín” pronunciado en 2001, se opuso a su legalización esgrimiendo que «en la eutanasia no hay lógica del sanar ninguna, en la eutanasia se mata de manera directa a una persona; no tiene nada que ver con la sanidad». En opinión de Rau, legalizar la eutanasia supone “una capitulación ética”. En esta línea, Jörg-Dietrich Hoppe, presidente de la prestigiosa Asociación de Médicos Alemanes, afirmaba que «todos tienen derecho a morir con dignidad, pero nadie tiene derecho a que le maten. Los riesgos de abuso son demasiados grandes». El fuerte rechazo que provoca la eutanasia en Alemania no ha pasado desapercibido para las publicaciones internacionales, siendo objeto de un amplio artículo[18]

en International Herald Tribune.

            El sentir alemán  hay que analizarlo en retrospectiva: durante el nazismo el programa eugenésico T4 sacrificó a más de 200.000 personas, convirtiendo a la eutanasia indiscriminada en el único de los crímenes en masa del nacionalsocialismo que suscitó manifestaciones públicas de protesta, hasta el punto de que fue suspendido y parcialmente continuado en la clandestinidad[19]. Posteriormente, en los Juicios de Nuremberg (1946-1947) se juzgó como ilegal e inmoral toda forma de eutanasia activa sin aclaración y consentimiento o en contra de la voluntad de los afectados.

            El contraste legislativo entre dos vecinos europeos como Alemania y Holanda es tan grande que, no podemos obviar interrogarnos acerca de sí, la eutanasia, es verdaderamente compatible con la esencia de un Estado benefactor.

            Como hemos mencionado al inicio, no existe un modelo universal de bienestar, tratándose de un concepto discutido. Por ende, resulta intelectualmente inconsistente estimar, de partida, la superioridad del sistema jurídico alemán sobre el holandés o viceversa. Pese a ésto, pensamos que habría un instrumento capaz de orientarnos. Este instrumento no estaría en el dato, irrelevante por sí mismo, de la legalización o no de la eutanasia, sino en las razones que han informado esta legalización y en sus consiguientes consecuencias, aquí residiría la verdadera clave del rompecabezas.

            Empezando por las razones sobre las que se funda su legalización, diremos que, una vez relativizada o descartada la validez del criterio de la libertad y dignidad del sujeto, se nos presentan como alternativas destacadas, el móvil de la compasión y el del ahorro estatal. En el primero nos hallamos en un paradigma parecido al de la libertad, aunque más subjetivo, pues como explicó[20] el médico Stephen Sahm al periódico Frankfurter Allgemeine Zeitung: «el proceso (en Holanda) ha adquirido su propia dinámica y lógica, que no tiene nada de compasiva. Cuando seguir con vida es sólo una de las dos opciones legales, todo el que es una carga para otros por seguir con vida se considera responsable». Así mismo, el artículo 28.1 del Código Internacional de Ética Médica expone que «la eutanasia u homicidio por compasión es contraria a la ética médica». Por todo ello, la compasión, como la solidaridad, aun siendo sentimientos loables y elevados, no son, a nuestro juicio, suficientemente consistentes en el ámbito doctrinal para decantar la neutralidad del Estado.

Distinto es el argumento económico o del ahorro estatal. En nuestros días, la sanidad es, junto con la educación, uno de los gastos más importantes en los presupuestos de los países desarrollados. Se calcula que los últimos seis meses de vida los costes sanitarios de un paciente pueden alcanzar el 60 % del gasto general. A esta cuestión se refirió Johannes Rau durante el “Discurso de Berlín” para él: «los intereses económicos son legítimos e importantes, pero no pueden contrabalancear con la dignidad humana y la protección de la vida»; independientemente de su valoración final, lo realmente interesante, en nuestra opinión, es su cita a los intereses económicos del Estado.

            Existen estudios científicos que, desde 1993, afirman[21]

que «una medida que sería más coste-efectiva que no hacer nada es terminar activamente la vida de un paciente». Esta política ha sido propuesta por diversos analistas sanitarios para reducir el gasto. En 1995 se insistía[22] señalando que «tanto la eutanasia pasiva como la activa disminuirían los costes tanto para los proveedores como para el sistema». La siguiente innovación al respecto fue publicada[23], un año más tarde, proponiendo un plan de abaratamiento de costes que iría acompañado de incentivos económicos para aquellas familias de un enfermo terminal que deseara la eutanasia activa. Sin ir más lejos, en Holanda, aprovechando la despenalización de la eutanasia, apenas se invirtió en cuidados paliativos durante el ejercicio 1995-1998.

            En relación al otro elemento del ahorro estatal: las consecuencias de su legalización; tomando como referencia la experiencia holandesa, comentaremos que en 2003, el 40 % de todas las muertes que se producían en el país estaban precedidas de actuaciones médicas cuyo fin era acelerarlas[24]. Anteriormente, un informe[25]

de P.J. Van de Maas y G. Van de Wal, catedráticos de Salud Pública de las Universidades Erasmo de Rótterdam y de la Universidad Libre de Ámsterdam, certificó que la práctica de la eutanasia sin consentimiento se fijaba en Holanda en cerca de los 1000 casos anuales. Los datos muestran que, a pesar de la implantación de controles y condiciones, la práctica de la eutanasia es difícil de controlar.

            Estas cifras justificarían la teoría de la pendiente resbaladiza o teoría de la ruptura del dique: argumento consecuencialista que se aplica a la eutanasia para deducir que, tras su posible aprobación, el clima social conduciría a médicos y a familiares a deslizarse hacia su aplicación a enfermos inconscientes o incapaces de expresar su autorización. Esta teoría fue defendida por el parlamentario británico Kevin McNamara durante la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa que rechazó en 2005 la legalización de la eutanasia en el continente.

            Por tanto, a la luz de lo expuesto, creemos que la eutanasia es incompatible con la esencia misma del Estado del Bienestar. Escribió el filósofo alemán Friedrich Nietzche, hace un siglo, que «si el Estado gasta todo en el poder, la gran política, la economía, el tráfico mundial, el parlamentarismo y los intereses militares; si se gasta en esta partida la cantidad de razón, seriedad, voluntad y dominio de sí mismo que existe necesariamente habrá un déficit en la contrapartida»[26]. Y es que, sin intención de posicionarnos a favor o en contra, en un país en que la eutanasia es capaz de sustituir determinados aspectos de la sanidad, no podríamos hablar propiamente de un Estado benefactor, sino de una interpretación nueva y distinta del bienestar, tal vez mejor o quizá peor, que bajo criterios estrictamente financieros, prescindiría de ciertos derechos sociales con el propósito de reinventarse así mismo.

           

             Conclusiones

             Sabíamos, desde un principio, que la eutanasia era un tema difícil de abordar debido a la axiología o conciencia moral de sus exegetas. Ante esto hemos intentado sortear nuestras propias valoraciones personales con el objeto de desarrollar un trabajo lo más aséptico posible, acercándonos a las complejidades de un dilema que no es irresoluble.

            En el primer epígrafe: sobre el binomio: vida versus libertad, hemos descubierto la inhibición jurídica; el temor de los estamentos judiciales a crear derecho, su deseo de abstraerse con el fin de bloquear la polémica. Esta situación nos ha llevado a desarrollar una teoría alternativa y revisionista que hemos denominado la “paradoja de la falsa libertad”, en la cual postulamos que el enfrentamiento dialéctico entre el derecho a la vida y el derecho a la libertad es una disquisición ficticia.

            Esto es así porque consagrar que, en la eutanasia, la voluntad del sujeto tiene fuerza de ley es una contradicción jurídica aplastante; no se puede invocar un derecho con el propósito de destruirlo; al igual que tampoco sería acertado reconocer su operatividad ignorando las connotaciones psicológicas y sociales que envuelven al individuo; luego hablar de libertad donde no hay igualdad es una argucia dialéctica insostenible.

            En cualquier caso esta paradoja no es definitiva, pero tampoco aspiramos a que lo sea; nuestro deseo es colaborar en la necesaria ruptura de unos mitos doctrinales cuya verdadera función es hurtarnos el auténtico debate de fondo.

            Este debate en la sombra, lleva años buscando el espacio de la eutanasia en un país desarrollado que protege socialmente a sus ciudadanos. En esta búsqueda los dos ejemplos contrapuestos son Holanda y Alemania, dos estados opulentos, con una raíz cultural similar y con una situación geográfica fronteriza

            La clave al rompecabezas sobre si la eutanasia puede tener un espacio dentro del Estado del Bienestar la hemos encontrado en las motivaciones que dan lugar a su legalización y en sus consecuencias posteriores, en último término y centrándonos en Holanda, donde la cultura de la muerte es tolerada, observamos como la práctica de la eutanasia tiende al descontrol; por otro lado, en referencia a las razones de su legalización creemos que, éstas pasan por los altos costes sanitarios a los que se enfrentan los actuales Estados del Bienestar. Los enfermos terminales o los que sufren una enfermedad degenerativa, así como los pacientes con una discapacidad mental, suponen un gasto extraordinario para las arcas públicas, llegando a ser su carga más pesada, una carga que, con los años y el envejecimiento de la ciudadanía, sólo puede ir en aumento. De aquí la lógica invisible que convierte a médicos y políticos en auténticos contables, una situación irreconciliable con los actuales valores que pretende promover un país socialmente garantista.

            Este es el desenlace de nuestro ensayo, un desenlace que cita la mutación irreversible de los Estados del Bienestar tras aceptar a la eutanasia como una solución sanitaria. Una conclusión final que reconoce que la dinámica financiera ha abierto otra puerta jurídica, social y psicológica hacia la muerte, y que somos nosotros quienes debemos decidir, atendiendo a las experiencias conocidas, si queremos o no cruzarla.

            El debate está servido.

José-Domingo Lázaro Álvarez
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Mayagüez, Puerto Rico 19 de abril de 2007


[1] GONZÁLEZ RUS, Juan José: “Compendio de Derecho Penal Español” (Parte Especial). Marcial Pons Ediciones Jurídicas y Sociales S.A. Madrid. 2000, página 63.

[2] DE PRADA, Juan Manuel: “El valor supremo de la vida”. ABC. 12-III-2007.

[3] “No es posible admitir que la Constitución garantice en su artículo 15 el derecho a la propia muerte, y por consiguiente, carece de apoyo constitucional”. STC 120/1990, FJ II, punto 7.
[4] MONTERO, Étienne: “¿Hacia una legalización de la eutanasia voluntaria? Reflexiones acerca de la tesis de la autonomía”. La Ley, XX, núm. 4755, páginas 1-6.
[6] HARLEM BRUNDTLAND, Gro: “La salud mental en el siglo XXI”. Editorial publicado en inglés en el Bulletin of the World Health Organization, 2000, 78 (4):411.
[7] VILADOMIU OLIVÉ, Isabel: Tranquilidad para la Consellera Geli”. Análisis Digital. 09-IV-2007.

[8] Le Monde, entrevista publicada el 13-IV-2001.

[9] «I make friends. They're toys. My friends are toys» (J. F. Sebastian).

[10] HABERMAS, Jürgen: “El futuro de la naturaleza humana. ¿Hacia una eugenesia liberal?”. Ed. Paidós. 2001.

[11] «I'm not in the business. I am the business» (Rachel).

[12] MORENO, Luis: “Ciudadanía, desigualdad social y Estado del bienestar”. Unidad de Políticas Comparadas (CSIC). Documento de trabajo 03-08. Agosto de 2003, página 4.

[13] Mediante la aprobación de las reformas de los respectivos estatutos de autonomía, ambas comunidades han incorporado este derecho en su artículo 20.1.

[14] Proyecto de “Ley General de los Derechos de las Personas Enfermas en Estado Terminal presentado en mayo de 2005 por los parlamentarios del Partido de la Revolución Democrática a la Comisión Permanente del Congreso de la Unión. El texto propone la figura del “testamento de vida”.

[15] Proyecto presentado en mayo de 2006 por los senadores socialistas Fulvio Rossi y Juan Bustos. La ley incluye la posibilidad de que el paciente pueda solicitar que «la muerte le sea provocada por un médico cirujano».

[16] Wall Street Journal Europe, 23-IV-2001.

[17] ALTAFAJ, Amadeu: “Bélgica legaliza la eutanasia, pero con más restricciones que Holanda”. ABC, 17-V-2002.

[18] International Herald Tribune, 13-IV-2001.

[19] VALENCIA VILLA, Hernando: “Diccionario España de Derechos Humanos”. Editorial Espasa Calpe. Madrid. 2003, página 170.

[20] NOLAN, Jerry: Dutch Legalize Euthanasia and Assisted Suicide”. Ethics of Eutanasia. Chapter 10: Legalized Euthanasia in the Netherlands Raises Serious Ethical Concerns. 2004.

 
[21] American Journal of Economics and Sociology. 1993; 52: 275.

[22] Archives of Internal Medicine. 1995; 155: 133.

[24] Lancet 2003; 362: 395

[26] NIETZSCHE, Friedrich: “Cómo se filosofa a martillazos”. Editorial Edaf. Madrid. 1985, páginas 160-161.